Lic. Adrián Tucci*

La vida es una aventura permanente en la que diferentes ciclos se suceden sin cesar. Cuando un ciclo termina hay otro nuevo que nos está esperando.

Así como cada semilla germina a su tiempo, y cada planta fructifica y muere, cada etapa de la existencia tiene un tiempo marcado.

Aquello a lo que permanecemos aferrados por motivos aparentemente beneficiosos no es más que un lastre que nos impide avanzar.

Por un erróneo sentido de la lealtad, por costumbre o más bien rutina, o por miedo a enfrentar algo distinto permanecemos en un trabajo, en una amistad, en una relación que ya se terminó.

Así persistimos también en una imagen falsa de nosotros mismos, en una subestimación, en formas de ser que pertenecen al pasado.

Este tiempo conmocionante que nos toca vivir, en que hay al mismo tiempo tanta oscuridad y tanta luz, nos abre la oportunidad al cambio incesante, a la posibilidad de vivir varias vidas en una sola.

Hoy más que nunca el estancamiento produce malestar, hoy más que nunca el medio nos incita al movimiento constante.

Cuando el pasado vuelve una y otra vez, cuando nos complacemos en resucitar recuerdos es que nuestro presente está seco y ausente de placer.

Cuando el tiempo del ahora ya no da  satisfacción es que hemos perdido el amor por lo que hacemos. Cada pequeña o gran tarea que se hace desde el corazón va dejando una estela luminosa y va abriendo  nuevos horizontes hacia el porvenir.

Muy pocos pueden transitar por la vida por un camino recto y alegre, sin dudas ni cuestionamientos. Tal vez nadie. Parte de la aventura es extraviarse, sentirse totalmente perdido, no hallar siquiera un sendero, estar lleno de confusión e incertidumbre.

Sin embargo aún en los peores momentos es bueno intentar recuperar la fe en que parte del camino ya está trazado y de que en la siguiente curva o en el próximo cruce alguien nos está esperando.

 

* Ex-Director de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales

 

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