Este artìculo fue escrito por el Lic. Adriàn Tucci en enero de 2012.  Y hoy cobra màs vigencia que en su momento.
Para pensar!

Me bajo del tren. Subo la escalera. En el hall de la estacion, en medio del hormigueo de la gente que va y viene casi sin mirarse, hay una mesa donde se toma la presion arterial. Alli la señora mayor que maneja el tensiometro, me indica que me siente hasta que mi pulso se regularice.

Y de inmediato, casi sin preámbulo, comienza a contarme que hace unos meses falleció su hijo de 26 años.

Era un muchacho sano. Se enfermó de golpe. Tuvo pulmonía pero nadie podía imaginarse que fuera a morir… Habla sin parar detallando los pormenores de la historia, también habla mientras me coloca el tensiometro y sólo interrumpe su relato para escribirme los valores de la presión y recibir el pago.

Al principio sentí una gran compasión, pero luego un creciente malestar. La mujer gesticulaba arrojando sobre mi su torrente verborragico y angustioso. Me sentía atrapado, inmovilizado. Mis palabras parecían no importarle, solo le interesaba expresar lo suyo. Tenía la sensación de estar convirtiéndome en una estatua de piedra.

Mi malestar crecía. Comencé a impacientarme. Si bien estaba dispuesto a escuchar, no disponía de toda la mañana. Mire el reloj varias veces pero esta mujer no parecía registrarlo.

Finalmente no tuve más opción que interrumpir su relato, decir unas palabras de consuelo y marcharme abruptamente, antes de correr el riesgo de que comience de nuevo la relato…

Paso por alli casi a diario y veo repetida la misma escena. La mujer cuenta la historia una y otra vez. No discrimina su interlocutor, tampoco espera respuesta. Sin duda cada persona se va con una mala sensación, tal vez con un vago malestar, quiza con culpa por haber huido, o con bronca por no haberse marchado antes.

Y que sentirá la mujer? Tal vez que nadie la entiende. O que la gente es ingrata, pues todos deben alejarse con un gesto de fastidio. O que nadie quiere escucharla. O que a nadie le importa lo que a ella le sucede. O que está muy sola. Sola en medio de la multitud, como tantos de nosotros. Sola con un vacío imposible de llenar, vacío que no se origina con la muerte de su hijo. Vacío que viene quien sabe de cuando, quién sabe de dónde.

Como tantos de nosotros esta señora ha perdido la capacidad del diálogo. Y como a tantos de nosotros esta pérdida nos hunde cada vez más en nuestro sufrimiento.  Algo nos está pasando para que en esta era en que todos podemos estar conectados, sin embargo estamos incomunicados.

La gran paradoja es que mientras los satélites unen las más distantes comarcas, mientras disponemos de Facebook, Twitter, teléfonos e Internet, mientras podemos conectarnos al instante con la cara opuesta del planeta, con la Luna o con Plutón, pocas veces experimentamos la plenitud de habernos entendido.

Sin duda este colosal aumento de los medios técnicos de comunicación es una clara señal de que el aprendizaje de nuestro tiempo es el diálogo.Verdaderamente dialogamos marido y mujer, padres e hijos, gobernantes y gobernados? Verdaderamente dialogan los amigos, los parientes, los políticos?

Sin duda muchos conflictos y desentendimientos se originan en una falta del ejercicio del diálogo y hasta podría decirse, sin exagerar, que la supervivencia de la humanidad futura depende de que comencemos a aprender a dialogar.

No estamos dialogando cuando intercambiamos esos convencionalismos como: Qué tal? el trabajo, como anda? saludos por tu casa!, etc. Tampoco lo hacemos cuando hablamos de otras personas contando sucesos, anécdotas, acontecimientos íntimos o sociales. El dialogo comienza cuando decimos: Yo pienso… yo creo.. cuando expresamos nuestro pensamiento con compromiso.  Precisamente dialogar significa pensar de a dos, discurrir o reflexionar en conjunto.

Una instancia más alta es cuando compartimos nuestros sentimientos y nuestras emociones. El dialogo más elevado, la comunicación más completa es cuando podemos llegar a una intimidad plena, cuando abrimos nuestro ser en forma total y transparente , cuando podemos sentir al unisono.

Comunicación es encontrar la zona común de nuestro Ser. Con muy pocas personas podemos hacerlo y sólo por unos instantes. Pero a esto no se llega de una vez y para siempre, el diálogo, como el amor se cultiva. Y precisamente el diálogo es uno de los caminos del Amor.En la medida en que vamos aprendiendo a dialogar, vamos teniendo una mayor satisfacción en nuestra vida.

Este aprendizaje tiene como requisito vencer el miedo y el orgullo. El miedo nos impide expresarnos, no deja que las palabras, las ideas y los sentimientos salgan de nosotros. Nuestro ser esta contenido, no puede llegar al otro. El miedo nos priva de expresar el descontento, la insatisfacción, el disgusto, el dolor y el enojo.

El otro puede creer que todo esta bien y en realidad no es asi. El miedo nos imposibilita dar, brindar, darnos. El orgullo no deja que el otro entre en nuestro corazón. El mensaje del orgullo es: Estoy bien solo… No te necesito… No necesito de nadie…

Emprender el aprendizaje de la comunicación plena significa ir ejercitando la comprensión, la empatía, requiere estar chequeando permanentemente la ida y la vuelta del mensaje.

Comunicarse no es solamente tener la posibilidad de expresarse sino tambien estar comprobando si el otro realmente comprendió lo que dijimos. El dialogo y la comunicación requieren de la decisión de aprender, el tiempo y la dedicación, la voluntad y la valentía de emprender el camino del entendimiento profundo.

Sin duda hace falta un cambio de dirección. No es tan fácil, pero es la posibilidad de la satisfacción afectiva. Sin el ejercicio del diálogo seremos una sociedad conectada pero incomunicada, interrelacionada en soledad. Permaneceremos solos y vacíos en la multitud.

 

* Ex – Director de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales